RELATOS ORALES

sábado, 12 de septiembre de 2015

DURO DE BOCA

Ocurrió allá por el año 1949, cuando cambiaron el trazado al desagüe de la Avenida Alem. En aquel entonces las aguas se canalizaban por unas zanjas a cielo abierto que estaban a escasos dos metros de la línea de edificación. Estas cunetas, además del elevado costo que demandaba su mantenimiento, se habían tornado peligrosas debido al gran caudal de agua que drenaban. Paralelamente, más hacia el centro de la calle, había dos hileras de álamos piramidales que formaban una pintoresca avenida. Estas causas, y otras que no viene al caso enumerar, obligaron a anular las cunetas existentes y abrir otras más hacia el centro de la avenida y alejadas de la línea de edificación.

La idea de cambiar la canalización de las aguas pluviales fue acertada, pero los ribetes más pintorescos se produjeron cuando una mañana, muy temprano, irrumpieron dos moto-niveladoras "Champion" acompañadas por el ruido ensordecedor de sus motores y una veintena de operarios municipales que iban y venían como hormigas, molestándose mutuamente en medio de un inusitado alboroto agitando al vecindario que salió de sus casas asombrado por tanto despliegue.
Avda. Alem  en el año 1949

Ese día, mi viejo estaba de viaje. Cuando regresó por la tarde, se encontró con un panorama totalmente distinto al que había dejado el día anterior. Esto lo fastidió sobremanera, porque consideró que la actitud de las autoridades municipales era una falta de respeto hacia los vecinos, a quienes no se los consultó ni se los informó sobre los cambios que se hicieron. Además, quedaba clarito que no eran trabajos planificados, sino simplemente un golpe de efecto ante la proximidad de las elecciones, tendiente a conquistar a una población que reclamaba continuamente por las inundaciones de Alem y Uruguay.

Al día siguiente, usando sus propias manos e ingenio, mi viejo comenzó a construir un puente, desestimando la oferta municipal de venderle tubos de su fabricación.

Durante toda la mañana trabajó en el moldeado de un soporte para calzar los ladrillos y formar un arco de adobe (escarzano). Esa misma tarde, estando en plena tarea, ¡Ho sorpresa!, llegó el mismísimo Intendente Municipal que dirigía la obra con discursos pomposos. Rodeado de adulones inservibles, el Lord Mayor se le vino al humo, seguramente incentivado por los chupamedias de turno que corrían tras él prestos a auxiliarlo ante el primer síntoma adverso. Groseramente y sin el más mínimo respeto, le ordenó a mi viejo que levantara lo que estaba haciendo, "¡porque eso no sirve para nada, no aguanta ni una bicicleta!", le dijo peyorativamente. Mi viejo, que no era muy sedoso, lo miró desde su lugar hundido en la cuneta, tragó saliva y respiró hondo; por un instante ignoró su presencia. El silencio se hizo tenso; el hombre de anteojos y corbata de seda, con el saco desprendido y sus brazos en jarra, volvió a intimarlo desde el terraplén.

Levante ese mamarracho que no sirve para nada!

-Si este mamarracho no aguanta ni una bicicleta -le respondió mi viejo- yo me encargo de levantarlo y poner las alcantarillas que usted me ofrece... Pero si aguanta mi auto, usted me exime de pagar los impuestos por seis meses...

      -¡Vamos hombre! -habló con más amabilidad- ¡Déjese de jorobar! ¡Acuérdese lo que le digo! ¡Eso se lo lleva la primera correntada de agua! Le conviene poner alcantarillas... -dicho lo cual, se fue hacia otro sector.

Pero la cosa no terminó ahí. En la vereda de enfrente lo esperaba Don Noi,  un catalán de pocas pulgas, que al hablar mezclaba el español con el catalán. Junto a su esposa y cuñada observaba la escena acumulando herrumbre desde el día anterior. Las mujeres, ni lerdas ni perezosas, le dieron un cuarto de manija para que encarara al Intendente y le planteara su situación, que era más comprometida que la de mi viejo, porque su coche-taxi se había quedado entrampado y no podía salir a trabajar.

El Noi estaba muy embroncado y su nerviosismo subió al máximo cuando se enfrentó con el Intendente. ¡Ni qué hablar lo que pasó cuando le dijeron que tenía que comprarle los tubos a la Municipalidad! El catalán se salió de madre y comenzó a increparlo. Cómo estaría de nervioso, que el Intendente no entendía nada de lo que decía y se volvió a donde estaba mi viejo para preguntarle:

-¡Che inglés! ¡Vení a darme una mano que no le entiendo al catalán!

Efectivamente, se hacía muy difícil interpretarlo al Noi cuando montaba en cólera. Era como si se le trabucara la lengua y no había "tu tía" que lo entendiera. Ante esta situación -que favoreció a mi viejo- el Intendente no quiso más "lola" y se retiró ofuscado, dejando que cada uno hiciera a su manera.

Pasaron los años, y en 1972 se pavimentó la Avenida Alem. Recién entonces se levantó el puente que había construido mi viejo hacía más de 20 años. Su formato y los ladrillos estaban intactos. Como podemos ver, las manos y el ingenio del hombre, son tan hábiles y fuertes como las máquinas modernas.

En cuanto al idioma, debo decir que mi viejo llegó a la Argentina en 1915 sin saber decir "buen día" en castellano. Sin embargo logró hablarlo con extraordinaria fluidez. Haber trabajado en el ferrocarril le permitió contactarse con la gente, lo que facilitó su aprendizaje ante la necesidad de comunicarse. En nuestro ámbito familiar, se hablaba mucho sobre la gramática castellana e inglesa, y recuerdo que siempre nos decía: "el castellano es un idioma muy bello (después del irlandés, por supuesto) pero muy difícil de aprender", y sostenía que quienes supieran hablar el castellano, aprenderían fácilmente el gaélico y viceversa. Su conocimiento de ese idioma, tal vez haya sido el factor que le posibilitó un rápido aprendizaje del castellano. Y aun teniendo una tonadita muy particular, no estaba afectado por ese acento cerrado que generalmente se observa en la mayoría de los extranjeros; a él se lo entendía perfectamente. En cambio al bueno de DonNoi, cuanto más nervioso más dificultoso.


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