RELATOS ORALES

sábado, 12 de septiembre de 2015

DESTREZAS DEL GAUCHO IRLANDÉS



Pancho Azcurra trabajaba en "El Rincón", la estancia de John Kenny en el entonces Distrito Venado Tuerto. Allí había aprendido a leer y a escribir en las clases que dictaba Bridgit, la hija mayor de los Kenny, que había estudiado en un colegio de monjas de San Nicolás. El muchacho, que al decir de Bridgit era "very cute and clever", captaba con increíble rapidez las palabras en inglés, que luego asociaba con las palabras castellanas. Esta rara combinación -muy usual también entre los irlandeses- desconcertaba al resto de los peones que decían no entender nada de lo que decía Francisco, porque "hablaba en difícil".

Un día lunes, en pleno verano de 1907, Pancho salió muy temprano a revisar la hacienda, tarea que cumplía habitualmente, mientras Don Kenny con sus hijos Juan y Bernardo y algunos peones, reparaban los enseres de labranza en el galpón. A media mañana fueron sorprendidos por Pancho, que a todo galope se acercaba al casco de la estancia gritando a todo pulmón:

- ¡Mister Yon! ¡Mister Yon!.. ¡Un láion! ¡Un láion!... ¡Hay un láion en el big güel, Mister Yon!...

El gaucho Ramón Leiva, desconcertado, abandonó su tarea junto a la fragua y salió deprisa al patio.

- ¡Qué carajo le pasa ahora a este negro! -exclamó con fastidio, ante un claro síntoma de superstición que observó en la conducta del peón.

Pancho, casi sin aliento desmontó y corrió al encuentro de su patrón.

¡Calma Ramón! -intervino Don Kenny- ¿Qué te ha pasado Pancho? -Preguntó tranquilo como agua e'tanque.


¡Mister Yon, en el big güel... en el big güel hay un láion....¡big...,muy big....!

Don Juan, mesurado como siempre, creyó que al peón todavía le duraba el "peludo" de la noche dominguera, pero cuando estuvo frente al chico, comprobó que estaba fresco, aunque muy "julepeao". Sin perder la calma, ordenó a Jack y a Berny que ensillaran y se fueran hasta el big well para ver qué era lo que había asustado tanto a Pancho, mientras que con guiño cómplice, le insinuó al veterano Leiva que los siguiera de cerca.

En el patio el alboroto canino fue mayúsculo y la premura de los muchachos por iniciar la carrera hasta el jagüel redoblaba el estruendo. Con Berny a la cabeza y ante la mirada atenta de Leiva, los pingos parecían flotar sobre la llanura pampeana. Para los jinetes, todo un desafío a sus destrezas hípicas y jugar a quién llegaba primero a la meta.

Cuando llegaron a la laguna, se encontraron con un hermoso ejemplar africano recostado a la sombra de los sauces. Pese a su visible agotamiento digestivo, los visitantes no fueron bien recibidos; con pesadez se incorporó y mostró sus enormes colmillos. Los caballos brincaron excitados. Berny desmontó. En cuclillas, gesticuló guardar silencio. Sujetando bridas, en segundos el ambiente se serenó, y cuando el león inició su lenta retirada, Berny ágilmente montó su alazán y arrojó el lazo con certeza. Instintivamente el felino trató de zafar, pero el jinete le ganó el tirón a la sacudida y el lazo se ajustó; Berny azuzó el caballo y tiró oblicuamente arrastrando a la bestia, en tanto Ramón Leiva disparó su rifle y el rey de la selva se desplomó.



Un poco más lejos, los carroñeros estaban de fiesta devorando los restos de un cordero apresado esa mañana.

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